quisiera!», y de intentar hacer creer a sus camaradas que era muy cotizado.
Todas esas palabras: derechos del pueblo, derechos del hombre, el contrato social, la revolución francesa, la República, la democracia, la humanidad, la civilización, la religión, el progreso, estuvieron muy cerca de no significar absolutamente nada para Grantaire.
Se sonreía de ellas. El escepticismo, esa carcoma de la inteligencia, no le había dejado una sola idea sana. Vivía con ironía. Este era su axioma:
«No hay más que una certeza, mi vaso lleno».
Se mofaba de toda devoción en todos los partidos, del padre tanto como del hermano, del joven Robespierre tanto como de Loizerolles.
«Van muy adelantados por estar muertos», exclamaba.
Decía del crucifijo:
«He ahí una horca que ha triunfado».
Vago, tahúr, libertino, a menudo borracho, desagradaba a aquellos jóvenes soñadores tarareando sin cesar:
- «J’aimons les filles, et j’aimons le bon vin».
Melodía: Vive Henri IV.
Sin embargo, este escéptico tenía un fanatismo. Este fanatismo no era ni un dogma, ni una idea, ni un arte, ni una ciencia; era un hombre: Enjolras. Grantaire admiraba, amaba y veneraba a Enjolras. ¿A quién se unía este burlón anárquico en esta falange de mentes absolutas? Al más absoluto.