Como creía que no le faltaba nada, no se daba cuenta de que la contemplación, así entendida, termina por convertirse en una forma de pereza; de que se conformaba con vencer las primeras necesidades de la vida, y de que estaba descansando de sus fatigas demasiado pronto.
Era evidente que, para aquella naturaleza enérgica y entusiasta, aquello no podía ser sino un estado transitorio, y que, al primer choque contra las inevitables complicaciones del destino, Marius despertaría.
Mientras tanto, aunque era abogado, y a pesar de lo que el padre Gillenormand pensara sobre el asunto, no ejercía, ni siquiera era picapleitos.
La meditación lo había apartado de los tribunales. Frecuentar a los procuradores, asistir a las audiencias, buscar causas: ¡qué fastidio! ¿Para qué iba a hacerlo? ¡No veía razón alguna para cambiar su modo de ganarse la vida!
El taller de imprenta, oscuro y mal pagado, se había convertido para él en una fuente segura de trabajo que no exigía demasiado esfuerzo, como ya hemos explicado, y que bastaba para sus necesidades.
Uno de los libreros para los que trabajaba, M. Magimel, creo, se ofreció a recibirlo en su propia casa, a alojarlo bien, a procurarle una ocupación fija y a darle mil quinientos francos al año. ¡Estar bien alojado! ¡Mil quinientos francos! Sin duda. ¡Pero renunciar a su libertad! ¡Estar a sueldo fijo! ¡Una especie de hombre de letras alquilado! Según la opinión de Marius, si aceptaba, su situación se volvería al mismo tiempo mejor y peor; adquiría comodidad y perdía su dignidad; era una hermosa y completa miseria convertida en un suplicio repulsivo y ridículo: algo así como el caso de un ciego que recuperara la vista de un solo ojo.