Allí, donde aquel lamentable desastre había soltado su estertor, todo era silencio ahora. Las orillas del camino hondo estaban atestadas de caballos y jinetes, amontonados inextricablemente. ¡Terrible maraña! Ya no había tal pendiente, pues los cadáveres habían nivelado el camino con la llanura y llegaban hasta el borde como un celemín de cebada bien colmado. Un montón de cuerpos sin vida en la parte superior, un río de sangre en la inferior: tal era aquel camino en la tarde del 18 de junio de 1815. La sangre corrió hasta la carretera de Nivelles y allí se desbordó en un gran charco frente a la barricada de árboles que cerraba el paso, en un lugar que todavía se señala.
Se recordará que fue en el punto opuesto, en dirección al camino de Genappe, donde se había producido la destrucción de los coraceros.
El espesor de la capa de cuerpos era proporcional a la profundidad del camino hondo.
Hacia el medio, en el punto donde se volvía plano, por donde había pasado la división de Delort, la capa de cadáveres era más delgada.
El merodeador nocturno a quien acabamos de mostrar al lector iba en esa dirección. Registraba esa vasta tumba. Miraba a su alrededor. Pasaba a los muertos en una especie de horrible revista. Caminaba con los pies en la sangre.
De repente, se detuvo.
A pocos pasos de él, en el camino hondo, en el punto donde terminaba el montón de muertos, una mano abierta, iluminada por la luna, sobresalía de debajo de aquel montón de hombres.
Aquella mano tenía en el dedo algo brillante, que era un anillo de oro.
El hombre se inclinó, permaneció en actitud de cuclillas un momento, y cuando se levantó ya no había ningún anillo en la mano.