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nydus/Les MisérablesPublic
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Libro VII. Jerga

está enferma, sondamos; y, una vez diagnosticada la dolencia, el estudio de la causa conduce al descubrimiento del remedio. Nuestra civilización, obra de veinte siglos, es su ley y su prodigio; vale la pena salvarla. Se la salvará. Ya es mucho haberla consolado; su esclarecimiento es otro punto más. Todos los trabajos de las filosofías sociales modernas deben converger hacia este punto. El pensador de hoy tiene un gran deber: auscultar la civilización.

Repetimos que esta auscultación trae aliento; es por esta persistencia en el aliento por lo que queremos concluir estas páginas, un interludio austero en un drama fúnebre.

Bajo la mortalidad social, sentimos la imperecibilidad humana. El globo no perece porque tenga estas heridas, cráteres, erupciones, fosas de azufre, aquí y allá, ni a causa de un volcán que expulsa su pus. Las enfermedades de los pueblos no matan al hombre.

Y sin embargo, cualquiera que siga la marcha de las clínicas sociales niega con la cabeza a veces. Los más fuertes, los más tiernos, los más lógicos tienen sus horas de debilidad.

¿Llegará el futuro? Casi se diría que podemos formularnos esta pregunta, cuando contemplamos tanta oscuridad terrible.

Melancólico cara a cara del egoísta y del desdichado.

  • Por parte del egoísta, los prejuicios, las sombras de una educación costosa, el apetito acrecentado por la intoxicación, un vértigo de prosperidad que embota, un miedo al sufrimiento que, en algunos, llega hasta la aversión por el que sufre, una satisfacción implacable, el «yo» tan hinchado que obstruye el alma;
  • por parte del desdichado, la avidez, la envidia, el odio a ver gozar a los demás, los profundos impulsos de la bestia humana hacia la satisfacción de sus deseos, corazones llenos de bruma, de tristeza, de necesidad, de fatalidad, de ignorancia impura y simple.
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