Aun así, poco a poco, ya fuera porque las distantes lumbreras emitieran una ligera y vacilante luz en aquella opaca penumbra, o porque sus ojos se hubieran acostumbrado a la oscuridad, cierta visión vaga le volvió, y empezó a formarse de nuevo una idea confusa, ora del muro que tocaba, ora de la bóveda bajo la cual pasaba.
La pupila se dilata en la oscuridad, y el alma se dilata en la desgracia y acaba por encontrar a Dios en ella.
No era fácil dirigir su rumbo.
La línea del alcantarillado hace eco, por decirlo así, de la línea de las calles que se extienden por encima de él.
Había entonces en París dos mil doscientas calles.
Imagínese el lector bajo aquel bosque de sombrías ramificaciones que se llama la alcantarilla.
El sistema de alcantarillas existente en aquella época, puesto extremo con extremo, habría dado una longitud de once leguas.
Hemos dicho antes que la red actual, gracias a la actividad especial de los últimos treinta años, no tenía menos de sesenta leguas de extensión.
Jean Valjean comenzó por cometer un error. Creyó que estaba bajo la calle Saint-Denis, y era una lástima que no fuera así. Bajo la calle Saint-Denis hay un viejo alcantarillado de piedra que data de Luis XIII y que corre en línea recta hasta el colector, llamado el Gran Colector, con un solo codo, a la derecha, en la elevación de la antigua Cour des Miracles, y una sola ramificación, el alcantarillado de Saint-Martin, cuyos cuatro brazos describen una cruz. Pero el conducto de la Petite-Truanderie —cuya entrada estaba en las inmediaciones de la taberna Corinthe— jamás se ha comunicado con el alcantarillado de la calle Saint-Denis; desembocaba en el alcantarillado de Montmartre, y fue en éste donde