El señor Fauchelevent poseía algo menos, y también algo más, que un hombre de mundo.
Marius, interiormente y en lo más hondo de su pensamiento, rodeaba de toda clase de mudas preguntas a aquel señor Fauchelevent, que para él era simplemente benévolo y frío. Hubo momentos en que le asaltaron dudas sobre sus propios recuerdos. Había un vacío en su memoria, un punto negro, un abismo excavado por cuatro meses de agonía.—Muchas cosas se habían perdido allí. Había llegado a preguntarse si era verdaderamente un hecho haber visto al señor Fauchelevent, un hombre tan serio y tan tranquilo, en la barricada.
Este no era, sin embargo, el único estupor que las apariciones y las desapariciones del pasado habían dejado en su mente. No debe suponerse que estaba libre de todas esas obsesiones de la memoria que nos obligan, aun cuando somos felices, aun cuando estamos satisfechos, a mirar tristemente hacia atrás. La cabeza que no se vuelve hacia los horizontes que se han desvanecido no encierra ni pensamiento ni amor. A veces, Marius se cubría el rostro con las manos, y el pasado, vago y tumultuoso, atravesaba el crepúsculo que reinaba en su cerebro. De nuevo veía caer a Mabeuf, oía cantar a Gavroche en medio de la metralla, sentía bajo sus labios la fría frente de Éponine; Enjolras, Courfeyrac, Jean Prouvaire, Combeferre, Bossuet, Grantaire, todos sus amigos se alzaban erguidos ante él, para luego disiparse en el aire. * ¿Eran acaso un mero sueño todos aquellos seres queridos, dolientes, valientes, encantadores o trágicos? * ¿habían existido realmente? La revuelta lo había envuelto todo en su humo. Estas grandes fiebres engendran grandes sueños. Se interrogaba a sí mismo; se