y en sus cenas se reunían las personas más diversas. Vecinos de campo de Otrádnoe, antiguos hidalgos empobrecidos con sus hijas, la dama de honor Perónskaya, Pierre Bezúkhov y el hijo del jefe de correos de su distrito, que había conseguido un empleo en Petersburgo. Entre los hombres que muy pronto se convirtieron en visitantes frecuentes de la casa de los Rostóv en Petersburgo estaban Borís, Pierre —a quien el conde se había encontrado en la calle y se había llevado a rastras a casa— y Berg, que se pasaba días enteros en casa de los Rostóv y le profesaba a la hija mayor, la condesa Véra, las atenciones que un joven dispensa cuando tiene la intención de proponer matrimonio.
No en vano Berg había enseñado a todo el mundo su mano derecha herida en Austerlitz y llevaba en la izquierda una espada totalmente innecesaria. Narraba aquel episodio con tanta insistencia y con un aire tan importante que todos creían en el mérito y la utilidad de su hazaña, y por Austerlitz había obtenido dos condecoraciones.
En la guerra de Finlandia también logró distinguirse. Había recogido un fragmento de una granada que había matado a un edecán de pie junto al comandante en jefe y se lo había llevado a su comandante. Tal como había hecho después de Austerlitz, relató este suceso con tal extensión y tanta insistencia que todos volvieron a creer que había sido necesario hacerlo, y por la guerra de Finlandia también recibió dos condecoraciones.
En 1809 era capitán de la Guardia, lucía medallas y ocupaba algunos puestos especiales y lucrativos en Petersburgo.
Aunque algunos escépticos sonreían al enterarse de los méritos de Berg, no se podía negar que era