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nydus/War and PeacePublic
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I. 1805

y, sin poder soportar las miradas que se dirigían hacia ella, huyó al salón de baile, dio vueltas por él a toda velocidad con el vestido inflado como un globo y, ruborizada y sonriente, se dejó caer pesadamente en el suelo. La condesa estaba llorando.

—¿Por qué lloras, mamá? —preguntó Véra—. Por todo lo que él dice uno debería alegrarse y no llorar.

Esto era muy cierto, pero el conde, la condesa y Natasha la miraron con reproche. «¿Y a quién se habrá parecido?», pensó la condesa.

La carta de Nikolúshka se leyó más de cien veces, y aquellos que eran considerados dignos de oírla tenían que acudir a la condesa, pues ella no la soltaba de las manos. Acudieron los preceptores, y las nodrizas, y Mítenka, y varios conocidos, y la condesa releía la carta cada vez con fresco deleite y cada vez descubría en ella nuevas pruebas de las virtudes de Nikolúshka. Qué extraña, qué insólita, qué gozosa parecía la idea de que su hijo, aquel cuyos apenas perceptibles movimientos en sus entrañas había sentido veinte años atrás, aquel hijo acerca del cual solía discutir con el conde, demasiado indulgente, aquel hijo que había aprendido a decir primero «pera» y luego «abuelita», que este hijo estuviera ahora en un país extranjero, en un entorno extraño, convertido en un varón guerrero que realizaba por sí mismo alguna clase de labor varonil, sin ayuda ni guía. La experiencia universal de los siglos, que demuestra que los niños crecen imperceptiblemente desde la cuna hasta la edad viril, no existía para la condesa. El crecimiento de su hijo hacia la edad adulta, en cada una de sus etapas, le había parecido tan extraordinario

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