mesa con una fuerza que jamás antes había sentido, dio un paso hacia ella agitando la losa.
El rostro de Elèn se volvió terrible, dio un grito y saltó a un lado.
La naturaleza de su padre se manifestó en Pierre. Sintió la fascinación y el deleite del delirio.
Arrojó la losa, la rompió y, abalanzándose sobre ella con las manos extendidas, gritó: «¡Fuera!» con una voz tan terrible que toda la casa la oyó con horror.
Sabe Dios qué habría hecho en ese momento si Elèn no hubiera huido de la habitación.
Una semana después, Pierre dio a su mujer poderes plenipotenciarios para administrar todas sus haciendas de la Gran Rusia, que constituían la mayor parte de su patrimonio, y partió solo hacia Petersburgo.
VII
Dos meses habían transcurrido desde que la noticia de la batalla de Austerlitz y la pérdida del príncipe Andréi habían llegado a Calvas Colinas, y a pesar de las cartas enviadas a través de la embajada y de todas las búsquedas realizadas, su cuerpo no había sido hallado ni figuraba en la lista de prisioneros. Lo peor de todo para sus parientes era el hecho de que aún existía la posibilidad de que hubiera sido recogido en el campo de batalla por la gente del lugar y de que pudiera estar ahora convaleciente o agonizando, solo entre extraños y sin poder dar noticias de sí mismo. Las gacetas por las que el viejo príncipe se enteró por primera vez de la derrota en Austerlitz afirmaban, como de costumbre de manera muy breve y vaga, que tras brillantes combates los rusos habían tenido que retirarse y habían