hijo, con un tono audaz, libre y desenfadado, mientras en su alma se consideraba un canalla sin valor cuya vida entera no podría expiar su crimen. Anhelaba besar las manos de su padre y arrodillarse para suplicar su perdón, pero dijo, con voz descuidada y hasta grosera, ¡que le pasa a todo el mundo!
El viejo conde bajó los ojos al oír las palabras de su hijo y se puso a buscar algo afanosamente.
—Sí, sí —murmuró—, será difícil, temo que difícil conseguir... ¡le pasa a todo el mundo! Sí, ¿quién no lo ha hecho?
Y con una furtiva mirada al rostro de su hijo, el conde salió de la habitación. … Nikoláy se había preparado para la resistencia, pero no esperaba esto en absoluto.
—¡Papá! ¡Papá! —le llamó persiguiéndole, sollozando—, ¡perdóname! Y tomando la