a todos y sonrió. Su sonrisa no se parecía a la media sonrisa de los demás. Cuando sonreía, su expresión grave, e incluso más bien sombría, era reemplazada instantáneamente por otra: una mirada infantil, bondadosa y hasta un tanto tonta, que parecía pedir perdón.
El vizconde, que lo veía por primera vez, comprendió claramente que aquel joven jacobino no era tan terrible como sus palabras sugerían.
Todos guardaron silencio.
—¿Cómo espera que le responda a todo de golpe? —dijo el príncipe Andréi—. Además, en las acciones de un hombre de Estado hay que distinguir entre sus actos como simple particular, como general y como emperador. Así me parece a mí.
—¡Sí, sí, por supuesto! —terció Pierre, complacido con la llegada de aquel refuerzo.
—Hay que reconocer —continuó el príncipe Andréi— que Napoleón como hombre fue grande en el puente de Arcola y en el hospital de Jaffa, donde dio la mano a los apestados; pero… pero hay otros actos que son difíciles de justificar.
El príncipe Andréi, que evidentemente había querido suavizar la incomodidad de los comentarios de Pierre, se levantó e hizo un gesto a su esposa de que era hora de irse.
De repente, el príncipe Hipólito se levantó haciendo gestos a todos para que prestaran atención y, pidiendo que se sentaran, comenzó:
—Me han contado hoy una encantadora historia de Moscú y debo regalársela a ustedes. Discúlpeme, vizconde, debo contarla en ruso o se perderá la gracia. […] Y el príncipe Hipólito comenzó a contar su historia en un ruso tal como lo hablaría un francés tras pasar aproximadamente un año en Rusia. Todos esperaron, con tanta firmeza y