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nydus/War and PeacePublic
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Parte I

¿eh? ¿Sin sitio para ir de caza con tus perros? Pero ¿qué se le va a hacer, viejo? Mira nada más cómo van creciendo estos polluelos —y señaló a las muchachas—. Te guste o no, tendrás que buscarles

—Bueno —dijo ella—, ¿cómo está mi cosaco? (Márya Dmítrievna siempre llamaba cosaco a Natásha) y le acarició el brazo a la niña cuando esta se acercó valiente y alegre a besarle la mano—. Sé que es una muchacha traviesa, pero me cae bien.

Sacó un par de pendientes de rubí en forma de pera de su enorme bolso y, tras entregárselos a la rosada Natasha, que radiaba de alegría por la celebración de su santo, se apartó de inmediato y se dirijo a Pierre.

—¡Eh, eh, amigo! Ven acá un momento —dijo ella, adoptando un tono de voz suave y agudo—. Ven acá, amigo mío… —y se remangó las mangas de forma todavía más amenazadora. Pierre se acercó, mirándola con aire infantil a través de sus lentes.

“¡Acércate, acércate, amigo! Yo solía ser la única que le decía la verdad a tu padre cuando estaba en el poder, y en tu caso es mi evidente deber”.

Hizo una pausa. Todos guardaban silencio, a la expectativa de lo que vendría a continuación, pues aquello era claramente solo un preludio.

—¡Un muchacho excelente! ¡Válgame Dios! ¡Un muchacho excelente! … Su padre está en el lecho de muerte y él se divierte subiendo a un policía a horcajadas sobre un oso. ¡Qué vergüenza, señor, qué vergüenza! Más valdría que fuera usted a la guerra.

Se volvió y le dio la mano al conde, que apenas podía contener la

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