rusos estaban allí. Y a cada palabra añadía: «¡Pero no le hagan daño a mi caballito!» y acariciaba al animal. Era evidente que no terminaba de comprender dónde estaba. Ya se disculpaba por haber sido hecho prisionero, ya, imaginándose ante sus propios oficiales, insistía en su disciplina militar y en su celo por el servicio. Traía consigo a nuestra retaguardia toda la frescura de la atmósfera del ejército francés, que nos era tan ajena.
Los cosacos vendieron el caballo por dos monedas de oro, y Rostóv, que era el más rico de los oficiales ahora que había recibido su dinero, lo compró.
—¡Pero no le haga daño a mi caballito! —le dijo el alsaciano de buen humor a Rostóv cuando le entregaron el animal al húsar.
Rostóv, con una sonrisa, tranquilizó al dragón y le dio dinero.
“¡Alley! ¡Alley!”, dijo el cosaco, tocándole el brazo al prisionero para que siguiera adelante.
“¡El Emperador! ¡El Emperador!”, se oyó de repente entre los húsares.
Todos echaron a correr y a atarearse, y Rostóv vio que por el camino, detrás de él, se acercaban varios jinetes con plumas blancas en los sombreros. En un momento todos estuvieron en su puesto, esperando.
Rostóv no supo ni recordó cómo corrió a su puesto y montó a caballo. Al instante, su pesar por no haber estado en combate y su estado de ánimo abatido entre gentes de las que estaba cansado habían desaparecido; al instante, todo pensamiento sobre sí mismo se había desvanecido. Estaba lleno de felicidad por su cercanía al Emperador. Sentía que esta cercanía por sí sola le compensaba por el día que había perdido. Era feliz como un amante cuando llega el ansiado momento