ayudante del gobernador general de Moscú. Como resultado, no pudo ir al campo con el resto de la familia, sino que sus nuevas obligaciones lo retuvieron todo el verano en Moscú. Dólokhov se recuperó y Rostóv entabló una gran amistad con él durante su convalecencia. Dólokhov estaba enfermo en casa de su madre, quien lo amaba con pasión y ternura, y la vieja Márya Ivánovna, que había tomado cariño a Rostóv por su amistad con su Fédya, le hablaba a menudo de su hijo.
“Sí, conde —solía decir ella—, él es demasiado noble y de alma pura para nuestro mundo actual y depravado. Nadie ama ya la virtud; parece un reproche para todos. Ahora dígame, conde, ¿fue correcto, fue honorable lo que hizo Bezúkhov? Y Fédya, con su noble espíritu, lo quería y aun ahora jamás dice una sola palabra en su contra. ¿Acaso aquellas travesuras en San Petersburgo, cuando le gastaron bromas a un policía, no las hicieron juntos? ¡Y pensar que Bezúkhov salió impune, mientras que Fédya tuvo que cargar con todo el peso sobre sus hombros! ¡Imagínese lo que tuvo que pasar! Es verdad que ha sido reincorporado, pero ¿cómo iban a dejar de hacerlo? Pienso que no hubo muchos hijos tan valientes de la patria por allá como él. ¡Y ahora —este duelo! ¿Acaso esta gente no tiene sentimientos ni honor? Sabiendo que es hijo único, ¡retarlo y disparar tan derecho! Menos mal que Dios se apiadó de nosotros. ¿Y para qué fue? ¿Quién no tiene intrigas hoy en día? Vaya, si estaba tan celoso, según veo yo, debió haberlo demostrado antes, pero lo deja pasar durante meses.