ya estaba llegando a su fin. > «Si al menos me dejaran terminar mis días como yo quiero —pensó el viejo—, entonces podrían hacer lo que les pluguiera». Con su hijo, sin embargo, empleó la diplomacia que reservaba para las grandes ocasiones y, adoptando un tono tranquilo, conversó sobre todo el
En primer lugar, el matrimonio no era brillante en cuanto a cuna, fortuna o rango. En segundo lugar, el príncipe Andréy ya no era tan joven como antes y su salud era delicada (el viejo insistía especialmente en esto), mientras que ella era muy joven. En tercer lugar, tenía un hijo a quien sería una lástima encomendar a una niñata. > «En cuarto y último lugar —dijo el padre, mirando irónicamente a su hijo—, te ruego que lo aplaces un año: vete al extranjero, hazte un tratamiento, busca, como querías,