evitar ahogarse, Sonia, pálida y temblorosa de miedo y agitación, se sentó en un sillón y prorrumpió en llanto.
“¿Cómo es que no noté nada? ¿Cómo pudo llegar tan lejos? ¿Habrá dejado de amar al príncipe Andréi? ¿Y cómo pudo permitir que Kurágin llegara a esos extremos? ¡Es un embaucador y un bribón, eso está claro! ¿Qué hará Nikolái, el querido y noble Nikolái, cuando se entere? Conque este era el significado de su mirada agitada, resuelta y antinatural de anteayer, de ayer y de hoy”, pensó Sonia.
“¡Pero no puede ser que lo ame! Probablemente abrió la carta sin saber de quién era. Probablemente se siente ofendida por ello. ¡Ella no sería capaz de hacer tal cosa!”.
Sónya se secó las lágrimas y se acercó a Natásha, volviéndole a examinar el rostro.
—¡Natásha! —dijo apenas audible.