poco el velo del secreto de la dolencia de la condesa, un incauto joven se atrevió a expresar su sorpresa de que no se hubiera llamado a médicos conocidos y de que a la condesa la estuviera atendiendo un charlatán que podría emplear remedios peligrosos.
—Puede que su información sea mejor que la mía —replicó de repente y con ponzoña Ana Pávlovna al inexperto joven—, pero sé por buena fuente que este médico es un hombre muy culto y competente. Es médico de cámara de la Reina de España.
Y habiendo destrozado de este modo al joven, Anna Pávlovna se volvió hacia otro grupo donde Bilibin hablaba de los austriacos: con la cara arrugada, se disponía evidentemente a alisársela de nuevo y a soltar uno de sus mots.
—Me parece encantador —dijo, refiriéndose a una nota diplomática que se