despachada, Kutúzov se había visto incapaz de contener por más tiempo al ejército bajo su mando para que no atacara, y se había librado una batalla.
El dos de octubre, un cosaco llamado Shapoválov, que estaba de reconocimiento, mató una liebre e hirió a otra. Siguiendo a la liebre herida, se adentró mucho en el bosque y tropezó con el flanco izquierdo del ejército de Murat, acampado allí sin precaución alguna.
El cosaco contó riendo a sus compañeros cómo poco faltó para que cayera en manos de los franceses. Un cornetilla, al oír el relato, informó a su comandante.
Se mandó a buscar al cosaco y fue interrogado. Los oficiales cosacos deseaban aprovechar esta oportunidad para apoderarse de algunos caballos, pero uno de los oficiales superiores, que conocía a las altas instancias, informó del incidente a un general del estado mayor.
La situación en el estado mayor se había vuelto últimamente sumamente tensa. Unos días antes, Ermólov había ido a ver a Bennigsen y le había suplicado que intercediera ante el comandante en jefe para persuadirlo de pasar a la ofensiva.
—Si no le conociera, pensaría que no quiere aquello que está pidiendo. Me basta con aconsejar cualquier cosa para que su Alteza haga exactamente lo contrario —respondió Bennigsen.
El informe del cosaco, confirmado por las patrullas de cabalgadura enviadas al efecto, fue la prueba definitiva de que los acontecimientos habían madurado. El resorte fuertemente apretado se soltó, el reloj comenzó a zumbar y el carillón a sonar. A pesar de todo su supuesto poder, de su intelecto, de su experiencia y de su conocimiento de los hombres, Kutúzov —habiendo tomado en consideración el informe del cosaco, una nota de Bennigsen que enviaba partes personales al Emperador, los deseos que suponía al Emperador