¿Eh?”
—Eso depende de la suerte que tengamos al salir, ¿por qué si no íbamos a llegar a tiempo? —respondió Balagá—. ¿Acaso no le llevé a Tver en siete horas? ¡Creo que usted se acuerda de eso, Excelencia!
—¿Sabes?, una Navidad fui en coche desde Tver —dijo Anatoly, sonriendo al recordarlo y volviéndose hacia Makárin, quien lo miraba embelesado con los ojos muy abiertos—. ¿Lo creerás, Makárka, te dejaba sin aliento lo rápido que volábamos. Nos cruzamos con una fila de trineos cargados y pasamos por encima de dos de ellos. ¿Eh?
—¡Aquellos sí que eran caballos! —continuó Balagá el relato—. Aquella vez llevaba atados dos potros a los lados y el castaño en la flecha —siguió diciendo, volviéndose hacia Dólokhov. > —¿Me lo creerá usted, Fëdor Iványch, aquellos animales volaron sesenta verstas? No podía sujetarlos, se me