hombre sano y hambriento, masticando los alimentos con presteza gracias a sus fuertes dientes, relamiéndose continuamente y repitiendo: «¡Excelente! ¡Delicioso!». Su rostro se puso rojo y se cubrió de transpiración. Pierre tenía hambre y compartió el almuerzo con gusto. Morel, el ordenanza, trajo agua caliente en una cacerola y puso dentro una botella de clarete. También trajo una botella de kvas, cogida de la cocina para que la probaran. Esa bebida ya era conocida por los franceses y le habían dado un nombre especial. La llamaban limonade de cochon (limonada de cerdo), y Morel habló bien de la limonade de cochon que había encontrado en la cocina. Pero como el capitán tenía el vino que habían tomado al pasar por Moscú, dejó el kvas para Morel y se dedicó de lleno a la botella de Burdeos. Envolvió la botella hasta el cuello en una servilleta y sirvió vino para sí mismo y para Pierre. La satisfacción del apetito y el vino volvieron al capitán aún más animado y parloteó sin cesar durante toda la comida.
—Sí, mi querido monsieur Pierre, le debo un hermoso cirio votivo por haberme salvado de aquel maníaco. … Ya ve, tengo bastantes balas en el cuerpo de por vez. Aquí tengo una que me gané en Wagram —se tocó el costado— y una segunda en Smolensk —se mostró una cicatriz en la mejilla—, y esta pierna que, como ve, no quiere marchar, me la gané el siete en la gran batalla de la Moskova. ¡Sacré Dieu! ¡Fue espléndido! Aquel diluvio de fuego bien valía la pena de verse. ¡Nos pusieron una tarea difícil, se lo digo yo! ¡Pueden estar orgullosos de ella! Y, a fe mía,