indicara que la acción había comenzado. Pero todo seguía en silencio. Una húmeda y apagada mañana de otoño apenas comenzaba a clarear. Al acercarse a Tarútino, Kutúzov advirtió a unos jinetes que llevaban a abrevar a sus caballos al otro lado del camino por el que circulaba. Kutúzov los miró con atención, detuvo su carruaje y preguntó a qué regimiento pertenecían. Pertenecían a una columna que debería haber estado muy adelantada y en emboscada mucho antes de aquello. —Puede ser un error —pensó el viejo comandante en jefe. Pero un poco más adelante vio a regimientos de infantería con las armas amontonadas y a los soldados, medio vestidos, comiendo sus gachas de centeno y transportando leña. Mandó llamar a un oficial. El oficial informó de que no se había recibido ninguna orden de avanzar.
«¡Cómo! ¿No rec …», empezó Kutúzov, pero se contuvo de inmediato y mandó a buscar a un oficial superior.
Al salir de su carruaje, esperó con la cabeza gacha y respirando con dificultad, dando pasos de un lado a otro en silencio.
Cuando apareció Eýkhen, el oficial del estado mayor a quien había mandado llamar, a Kutúzov se le puso la cara morada, no porque aquel oficial tuviera la culpa del error, sino porque era un blanco lo suficientemente importante como para descargar su ira en él.
Temblando y jadeando, el viejo cayó en ese estado de furia en el que a veces solía revolcarse por el suelo, y se lanzó sobre Eýkhen, amenazándolo con las manos, gritándole y colmándolo de insultos groseros.
Otro hombre, el capitán Brózin, que dio la casualidad de estar por allí y no tenía culpa alguna, corrió la misma suerte.
—¿Qué clase de sinvergüenza eres tú? ¡Mandaré que te fusilen! ¡Canallas! —gritó Kutúzov con voz