flanco opuesto y, a la cabeza de estos, Rostóv reconoció a Napoleón. No podía ser otro. Llegaba al galope, con un sombrero pequeño, uniforme azul abierto sobre un chaleco blanco y la banda de San Andrés sobre el hombro. Montaba un hermoso caballo árabe tordo de Pura Raza con una gualdrapa carmesí bordada en oro. Al acercarse a Alejandro, se quitó el sombrero y, al hacerlo, Rostóv, con su ojo de caballerizo, no pudo evitar notar que Napoleón no iba bien ni con firmeza en la silla. Los batallones gritaron «¡Ura!» y «¡Vive l’Empereur!». Napoleón le dijo algo a Alejandro, y ambos emperadores desmontaron y se tomaron de las manos. En el rostro de Napoleón había una sonrisa desagradable y artificial. Alejandro le decía algo afable.
A pesar de los cascos de los caballos de los gendarmes franceses, que empujaban a la multitud, Rostóv no apartó los ojos de cada uno de los movimientos de Alejandro y Bonaparte. Le llamó la atención que Alejandro tratara a Bonaparte como a un igual y que este último se mostrara tan tranquilo con el zar, como si semejantes relaciones con un emperador fueran para él algo de lo más cotidiano.
Alejandro y Napoleón, con la larga comitiva de sus séquitos, se acercaron al flanco derecho del batallón de Preobrazhénski y se encaminaron directamente hacia la multitud allí congregada. La multitud se vio inesperadamente tan cerca de los Emperadores que Rostóv, situado en la primera fila, temió ser reconocido.
—Sire, os pido permiso para presentar la Legión de Honor al más bravo de vuestros soldados —dijo una voz aguda y precisa, articulando cada letra.
Esto fue dicho por el diminuto Napoleón, mirando directamente