haya más que una bandera: la de la virtud activa”. El príncipe Sergéy es un buen muchacho y
Natásha no habría tenido ninguna duda sobre la grandeza de la idea de Pierre, pero una cosa la desconcertaba.
«¿Puede un hombre tan importante y necesario para la sociedad ser además mi esposo? ¿Cómo ha ocurrido esto?».
Ella deseaba expresarle esta duda.
«Ahora bien, ¿quién podría decidir si él es realmente más inteligente que todos los demás?», se preguntó, y pasó revista a todos aquellos a quienes Pierre más respetaba. A juzgar por lo que él había dicho, no había nadie a quien hubiera respetado tanto como a Platón Karatáev.
—¿Sabes en qué estoy pensando? —preguntó ella—. En Platón Karatáev. ¿Crees que te habría aprobado tal como eres ahora?
Pierre no se sorprendió en absoluto con esta pregunta. Comprendía el hilo de pensamiento de su esposa.