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nydus/War and PeacePublic
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Parte V

entumecieron las manos con la fuerte helada hasta el punto de soltar las riendas: «¡Cógelas tú, excelencia!», le digo, y caí al fondo del trineo y me quedé allí estirado. No era cuestión de animarlos, no había quien los retuviera hasta llegar al sitio. ¡Los demonios nos llevaron allí en tres horas! Solo el del lado izquierdo se murió de

XVII

Anatole salió de la habitación y regresó unos minutos más tarde con un abrigo de piel ceñido con un cinturón de plata, y un gorro de marta colocado con donaire de lado que le sentaba muy bien a su apuesto rostro. Tras mirarse en un espejo, y de pie ante Dólokhov en la misma postura que había adoptado frente a aquel, levantó una copa de vino.

“Bien, adiós, Fedia. ¡Gracias por todo y hasta la vista!”, dijo Anatol.

“Bien, camaradas y amigos…” dudó un momento “… de mi juventud, ¡adiós!”, dijo, volviéndose hacia Makarin y los demás.

Aunque todos iban con él, Anatol deseaba evidentemente dar a aquel discurso dirigido a sus camaradas un carácter conmovedor y solemne. Hablaba despacio, en voz alta, y, sacando un poco el pecho, oscilaba ligeramente sobre una pierna.

—Todos toman copas; tú también, Balagá. Bien, camaradas y amigos de mi juventud, hemos hecho de las nuestras, hemos vivido y hemos gozado. ¿Eh? Y ahora, ¿cuándo volveremos a vernos? Me voy al extranjero. Lo hemos pasado bien; ¡ahora adiós, muchachos! ¡Por nuestra salud! ¡Hurra!... —gritó, y vaciando su copa, la arrojó al suelo.

—¡A su salud! —dijo Balagá, quien también vació su vaso y se secó la boca con el pañuelo.

Makárin abrazó a Anatole con lágrimas en los

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