ni la mitad, la leía solo para olvidar, aunque fuera por un momento, aquello en lo que llevaba tanto tiempo pensando con tanta angustia, apartando cualquier otro pensamiento.
IX
Bilíbin se encontraba ahora en el cuartel general del ejército con carácter diplomático, y aunque escribía en francés y utilizaba chistes y modismos franceses, describía toda la campaña con una intrépida autocrítica y una autoironía genuinamente rusas.
Bilíbin escribía que la obligación de la discreción diplomática lo atormentaba, y que se alegraba de tener en el príncipe Andréi un corresponsal fiable a quien desahogar la hiel que había acumulado al ver todo lo que se estaba haciendo en el ejército.
La carta era antigua, pues había sido escrita antes de la batalla de Preussisch-Eylau.
—Desde el día de nuestro brillante éxito en Austerlitz —escribía Bilibin—, como sabes, mi querido príncipe, no me muevo del cuartel general. Sin duda le he tomado el gusto a la guerra, y me viene muy bien; lo que he visto durante estos últimos tres meses es increíble.
“Empiezo ab ovo. ‘El enemigo del género humano’, como sabéis, ataca a los prusianos. Los prusianos son nuestros fieles aliados que solo nos han traicionado tres veces en tres años. Tomamos su causa, pero resulta que ‘el enemigo del género humano’ no hace caso de nuestros hermosos discursos y, a su modo grosero y salvaje, se abalanza sobre los prusianos sin darles tiempo a terminar el desfile que habían empezado, y en dos giros de mano los hace añicos y se instala en el palacio de Potsdam.
“ ‘Deseo con el mayor fervor’, escribe el rey de Prusia a Bonaparte, ‘que Vuestra Majestad sea recibido y tratado