y perezosamente ante miles de ojos que se salían de sus órbitas para mirar a su jefe. Al llegar a la tercera compañía, se detuvo de repente. Su séquito, que no esperaba esto, se le acercó involuntariamente.
—¡Ah, Timojin! —dijo, reconociendo al capitán de nariz roja que había sido reprendido a causa del capote azul.
Se habría podido creer imposible que un hombre se estirara más de lo que lo había hecho Timojin cuando fue reprendido por el comandante del regimiento, pero ahora que el comandante en jefe se dirigió a él, se encorsetó hasta tal punto que parecía que no lo habría podido soportar si el comandante en jefe hubiera seguido mirándolo, y así Kutúzov, que evidentemente comprendía su situación y no le deseaba sino el bien, se apartó con rapidez, con una sonrisa apenas perceptible que cruzaba fugazmente su rostro cicatrizado y abotargado.
—Otro camarada de Izmaíl —dijo—. ¡Un oficial valiente! ¿Está satisfecho con él? —le preguntó al comandante del regimiento.
Y este último —inconsciente de que se estaba reflejando en el oficial de húsares como en un espejo— se estremeció, dio un paso al frente y respondió: «¡Muy satisfecho, su excelencia!».
—Todos tenemos nuestras debilidades —dijo Kutúzov sonriendo y alejándose de él—. Él solía tener predilección por Baco.
El comandante de regimiento temía que lo responsabilizaran de esto y no respondió. El húsar en ese momento advirtió el rostro del capitán de nariz roja y su vientre hundido, y remedó su expresión y postura con tal exactitud que Nesvitski no pudo evitar reírse. Kutúzov se dio la vuelta. Evidentemente, el oficial dominaba por completo su