bigote y pelo negros y desgreñados. Llevaba el capote desabrochado, bombachos anchos caídos en pliegues y un chacó arrugado en la nuca. Se acercó al portal con aire sombrío y la cabeza caída.
—¡Lavwúska! —gritó fuerte y enojado—, ¡quítatelo, cabeza de alcornoque!
—Bueno, yo me lo quito —respondió la voz de Lavrushka.
—Ah, ya estás levantado —dijo Denísov, entrando en la habitación.
—Hace mucho tiempo —respondió Rostóv— que ya he ido por el heno y he visto a la Fräulein Mathilde.
—¡Veydad! ¡Y he estado peydiendo, heymanio! ¡Ayyé peydí como un maldito imbécil! —gritó Denísov, sin pronunc 효과 iay la «r».— ¡Qué mala sueyte! ¡Qué mala sueyte! Tan p onto como te fuiste, empezó y siguió. ¡Eh, muchachos! ¡Té!
Arrugando la cara aunque sonriendo, y mostrando sus dientes cortos y fuertes, comenzó con los