en una iglesia donde, según la devota Ágrafena Ivánovna, el sacerdote era un hombre de vida muy austera y elevada. Nunca había mucha gente en la iglesia; Natasha se colocaba siempre junto a Belova en el sitio habitual ante un icono de la Santísima Virgen, encajado en el cancel ante el coro del lado izquierdo, y un sentimiento nuevo para ella de humildad ante algo grande e incomprensible la invadía cuando, a aquella inusual hora matutina, contemplando el oscuro rostro de la Virgen iluminado por las velas que ardían ante él y por la luz de la mañana que entraba por la ventana, escuchaba las palabras del oficio que intentaba seguir con comprensión. Cuando las comprendía, su sentimiento personal se entrelazaba en las oraciones con matices propios. Cuando no las comprendía, era aún más dulce pensar que el deseo de comprenderlo todo es soberbia, que es imposible comprenderlo todo, que solo es necesario creer y entregarse a Dios, a quien sentía guiando su alma en aquellos momentos. Se santiguaba, hacía profundas reverencias y, cuando no comprendía, horrorizada ante su propia bajeza, simplemente pedía a Dios que le perdonara todo, todo, que tuviera piedad de ella. Las oraciones a las que se entregaba por encima de todo eran las de arrepentimiento. De camino a casa, a una hora temprana en la que no se encontraba con nadie salvo con albañiles que iban a trabajar o barrenderos, y todo el mundo dentro de las casas seguía dormido, Natasha experimentaba un sentimiento nuevo para ella: la sensación de la posibilidad de corregir sus faltas, la posibilidad de una vida nueva y limpia, y de la felicidad.
Durante toda la semana que pasó de este modo, aquel sentimiento crecía cada día. Y la felicidad de