hacia dentro y sintiéndose uno con su caballo, pasó al trote frente al Emperador con el rostro fruncido pero dichoso, «como un verdadero demonio», según la expresión de Denísov.
—¡Buenos muchachos, los de Pávlograd! —observó el Emperador.
—¡Dios mío, qué feliz sería si me ordenara arrojarme al fuego en este mismo instante! —pensó Rostov.
Cuando terminó la revista, los oficiales recién llegados, así como los de Kutúzov, se reunieron en grupos y comenzaron a hablar sobre las condecoraciones, sobre los austriacos y sus uniformes, sobre sus líneas, sobre Bonaparte y sobre lo mal que le iría a este último ahora, especialmente si llegaba el cuerpo de Essen y Prusia se ponía de nuestra parte.
Pero en todos los grupos se hablaba principalmente del emperador Alejandro. Cada palabra y cada movimiento suyo se describían con éxtasis.
Todos tenían un solo deseo: avanzar