—calzones blancos de gamuza y botas altas— y luciendo una estrella que Rostóv no conocía (era la de la Legión de Honor), el monarca salió al porche, poniéndose los guantes y llevando el sombrero bajo el brazo. Se detuvo y miró a su alrededor, iluminando todo a su alrededor con su mirada. Dirigió unas pocas palabras a algunos de los generales y, al reconocer al antiguo comandante de la división de Rostóv, sonrió y le hizo señas para que se acercara.
Todo el séquito retrocedió y Rostóv vio al general hablando durante un buen rato con el Emperador.
El Emperador le dirigió unas palabras y dio un paso hacia su caballo. De nuevo el grupo de miembros del séquito y los curiosos de la calle (entre los que se encontraba Rostóv) se acercaron al Emperador. Deteniéndose junto a su caballo, con la mano en la silla, el Emperador se volvió hacia el general de caballería y dijo en voz alta, queriendo evidentemente que todos le oyesen:
—No puedo hacerlo, General. No puedo, porque la ley es más fuerte que yo —y alzó el pie hacia el estribo.
El general inclinó la cabeza respetuosamente, y el monarca montó y cabalgó calle abajo a galope. Fuera de sí por el entusiasmo, Rostóv corrió tras él con la multitud.
XXI
El Emperador cabalgó hasta la plaza donde, uno frente al otro, se encontraba un batallón del regimiento de Preobrazhénsk a la derecha y un batallón de la Guardia francesa con sus gorros de piel de oso a la izquierda.
Mientras el zar se acercaba a uno de los flancos de los batallones, que presentaban armas, otro grupo de jinetes galopaba hacia el