recordando a Suvórov, decían que lo que había que hacer no era razonar, ni clavar alfileres en los mapas, sino luchar, vencer al enemigo, mantenerlo fuera de Rusia y no dejar que el ejército se desanimara.
Al tercer partido —en el que el emperador tenía más confianza— pertenecían los cortesanos que intentaban concertar compromisos entre los otros dos. Los miembros de este partido, principalmente civiles y entre los cuales figuraba Arakchéev, pensaban y decían lo que suelen decir los hombres que carecen de convicciones, pero desean aparentar que las tienen. Decían que indudablemente la guerra, sobre todo contra un genio como Bonaparte (ahora lo llamaban Bonaparte), requería los planes más minuciosamente ideados y un profundo conocimiento científico y, en ese aspecto, Pfuel era un genio; pero al mismo tiempo había que reconocer que los teóricos suelen ser parciales y, por tanto, no se debía confiar en ellos ciegamente, sino escuchar también lo que los opositores de Pfuel y los hombres de experiencia práctica en la guerra tenían que decir, y luego elegir un término medio. Insistían en conservar el campo de Drissa, según el plan de Pfuel, pero en modificar los movimientos de los demás ejércitos. Aunque con este proceder no se podía alcanzar ni un objetivo ni el otro, a los partidarios de este tercer partido les parecía lo mejor.
De una cuarta opinión, el representante más conspicuo era el zarevitch, que no podía olvidar su desilusión en Austerlitz, a donde había salido al frente de la Guardia, con su casco y uniforme de caballería como para pasar revista, esperando aplastar galantemente a los franceses; pero al verse inesperadamente en la primera línea se había salvado por poco en medio de la confusión general. Los hombres de este partido tenían tanto