a su esposo—. No sabes en qué aprieto está nuestro Anatole...
Se detuvo al ver en la inclinación hacia adelante de la cabeza de su esposo, en sus ojos brillantes y en su andar resuelto, los terribles indicios de aquella furia y fuerza que conocía y que ella misma había experimentado tras el duelo con Dólokhov.
—¡Donde tú estás, hay vicio y maldad! —le dijo Pierre a su esposa—. ¡Anatole, ven conmigo! Debo hablar contigo —añadió en francés.
Anatole miró de reojo a su hermana y se levantó con sumisión, dispuesto a seguir a Pierre. Este, tomándolos del brazo, lo atrajo hacia sí y comenzó a sacarlo de la habitación.
“Si te permites entrar en mi salón …”, susurró Elèn, pero Pierre no respondió y salió de la habitación.
Anatole le siguió con su paso habitual y garboso,