Natásha comenzó a cantar la canción favorita de su madre.
Ella había dicho que no quería cantar, hacía mucho que no cantaba y pasaría mucho tiempo antes de que volviera a hacerlo como aquella noche. El conde, desde su gabinete donde hablaba con Mítenka, la oyó y, como un colegial con prisa por salir a jugar, se trabó al dar órdenes al administrador y por fin calló, mientras Mítenka se quedó de pie frente a él, escuchando y sonriendo también. Nikoláy no apartaba los ojos de su hermana y respiraba al compás de ella. Sónya, al escucharla, pensaba en la inmensa diferencia que había entre ella y su amiga, y en lo imposible que le resultaría llegar a ser tan encantadora como su prima. La anciana condesa estaba sentada con una sonrisa dichosa a la vez que triste, con lágrimas en los