Alteza, en las acciones indecisas siempre son los más tercos los que resultan vencedores —respondió Raévski—, y en mi opinión...
—¡Kaysárov! —llamó Kutúzov a su ayudante—. Siéntese y redacte la orden del día para mañana. Y usted —continuó, dirigiéndose a otro—, recorra la línea y anuncie que mañana atacamos.
Mientras Kutúzov hablaba con Raévski y dictaba la orden del día, Wolzogen regresó de donde estaba Barclay y dijo que el general Barclay deseaba tener por escrito la confirmación de la orden que el mariscal de campo había dado.
Kutúzov, sin mirar a Wolzogen, dio instrucciones para que se pusiera por escrito la orden que el anterior comandante en jefe, para eludir su responsabilidad personal, deseaba muy prudentemente recibir.
Y por medio de ese misterioso e indefinible vínculo que mantiene en todo el ejército un mismo temple, conocido como «el espíritu del ejército», y que constituye el nervio de la guerra, las palabras de Kutúzov, su orden de dar batalla al día siguiente, se conocieron inmediatamente de un extremo a otro del ejército.
Estaba lejos de ser las mismas palabras o el mismo orden lo que llegó a los eslabones más lejanos de aquella cadena. Los relatos que pasaban de boca en boca en los diferentes extremos del ejército ni siquiera se parecieron a lo que había dicho Kutúzov, pero el sentido de sus palabras se propagó por todas partes porque lo que dijo no fue el resultado de cálculos astutos, sino de un sentimiento que yacía en el alma del comandante en jefe como en la de cada ruso.
Y al saber que al día siguiente debían atacar al enemigo, y al oír de las más altas instancias la confirmación de