abultado, y durante un buen rato no lo soltó. Cuando lo apartó, el príncipe Andréi vio que los belfos flácidos de Kutúzov temblaban y que tenía lágrimas en los ojos. Suspiró y se apoyó con ambas manos en el banco para levantarse.
—¡Ven! Ven conmigo, charlaremos —dijo él.
Pero en aquel momento Denísov, a quien asustaban tan poco sus superiores como el enemigo, subió los escalones del porche haciendo sonar sus espuelas, a pesar de los enfadados susurros de los ayudantes que intentaban detenerlo.
Kutúzov, con las manos aún apoyadas en el asiento, lo miró con el ceño fruncido. Denísov, tras decir su nombre, anunció que tenía que comunicar a Su Alteza Serenísima un asunto de gran importancia para el bienestar de la patria.
Kutúzov lo miró con cansancio y, levantando las manos con un gesto de fastidio, las cruzó sobre el vientre, repitiendo las palabras: «¿Para el bienestar de la patria? Bien, ¿de qué se trata? ¡Habla!».
Denísov se sonrojó como una muchacha (era extraño ver cómo el rubor subía a aquel rostro hirsuto, beodo y ajado por el tiempo) y comenzó a exponer con osadía su plan de cortar las líneas de comunicación del enemigo entre Smolensk y Vyazma. Denísov era de aquellas tierras y conocía bien el terreno. Su plan parecía decididamente bueno, sobre todo por la fuerza de convicción con la que hablaba.
Kutúzov miró hacia sus propias piernas, dirigiendo de vez en cuando una mirada a la puerta de la choza contigua, como si esperara que algo desagradable saliera de ella. Y de esa choza, mientras Denísov hablaba, apareció en efecto un general con una cartera bajo el brazo.
—¿Cómo? —dijo Kutúzov, en medio de las