las figuras de cera proyectaban en la pared, cuando oyeron los pasos y las voces de los recién llegados en el vestíbulo.
Húsares, damas, brujas, payasos y osos, después de aclararse la garganta y limpiarse la escarcha de la cara en el vestíbulo, entraron en el salón de baile, donde se encendieron apresuradamente las velas. El payaso—Dimmler—y la dama—Nikoláy—comenzaron un baile. Rodeados por los niños que gritaban, los enmascarados, cubriéndose el rostro y disimulando la voz, hicieron una reverencia a la anfitriona y se acomodaron por la habitación.
—¡Válgame Dios! ¡No hay quien los reconozca! ¡Y Natasha! ¡Mira a quién se parece! De veras que me recuerda a alguien. Y Eduard Kárlych, ¿a que está simpático? ¡No lo reconocía! Y cómo baila. ¡Válgame Dios, si hay un circasiano! De verdad, qué bien le sienta a la querida Sonyúshka. ¿Y quién es