casa ocupada por el emperador. “Después de todo, la gente entra… ¡Es una tontería! ¡Entraré y le entregaré la carta al emperador en persona, tanto peor para Drubetskói, que me empuja a hacerlo!” Y de pronto, con una determinación que él mismo no esperaba, Rostóv palpó la carta en su bolsillo y se encaminó directamente hacia la casa.
“No, ahora no dejaré pasar mi oportunidad, como hice después de Austerlitz”, pensó, esperando a cada momento encontrarse con el monarca y sintiendo la sangre precipitarse a su corazón ante ese pensamiento. > “Me arrojaré a sus pies y se lo suplicaré. Él me levantará, me escuchará y hasta me agradecerá. ‘Soy feliz cuando puedo hacer el bien, pero reparar una injusticia es la mayor felicidad’”, se imaginaba Rostóv que decía el soberano. Y pasando junto a gente que lo miraba con