se indicaban con números, Pierre era meramente una circunstancia, y Davout lo habría fusilado sin cargar su conciencia con una mala acción, pero ahora veía en él a un ser humano. Reflexionó por un momento.
—¿Cómo puede demostrarme que dice la verdad? —dijo Davout con frialdad.
Pierre se acordó de Ramballe, y lo nombró a él, a su regimiento y a la calle donde estaba la casa.
—No eres lo que dices —replicó Davout.
Con voz temblorosa y titubeante, Pierre comenzó a aducir pruebas de la veracidad de sus afirmaciones.
Pero en ese momento entró un ayudante y le informó algo a Davout.
Davout se alegró con la noticia que trajo el ayudante y comenzó a abrocharse el uniforme. Parecía haberse olvidado por completo de Pierre.
Cuando el ayudante le recordó lo del prisionero, hizo un gesto con la