una sola causa para ese acontecimiento, sino que tuvo que ocurrir porque tenía que ocurrir. Millones de hombres, renunciando a sus sentimientos humanos y a su razón, tuvieron que ir del oeste al este para matar a sus semejantes, exactamente igual que unos siglos antes hordas de hombres habían venido del este al oeste, matando a sus semejantes.
Los actos de Napoleón y Alejandro, de cuyas palabras parecía depender el acontecimiento, eran tan poco voluntarios como los actos de cualquier soldado que hubiera sido arrastrado a la campaña por sorteo o por leva. No podía ser de otro modo, pues para que la voluntad de Napoleón y Alejandro (de quienes parecía depender el acontecimiento) se cumpliera, se necesitaba la concurrencia de innumerables circunstancias sin ninguna de las cuales el acontecimiento no habría podido tener lugar. Era necesario que millones de hombres, en cuyas manos residía el poder real —los soldados que disparaban o transportaban provisiones y cañones—, consintieran en ejecutar la voluntad de esos débiles individuos y hubieran sido inducidos a hacerlo por un número infinito de causas diversas y complejas.
Nos vemos obligados a recurrir al fatalismo como explicación de los acontecimientos irracionales (es decir, aquellos acontecimientos cuya razonabilidad no comprendemos). Cuanto más tratamos de explicar razonablemente tales acontecimientos en la historia, más irracionales e incomprensibles se vuelven para nosotros.
Cada hombre vive para sí mismo, usando su libertad para alcanzar sus fines personales, y siente con todo su ser que puede ahora hacer o abstenerse de hacer esta o aquella acción; pero tan pronto como la ha realizado, esa acción ejecutada en un momento dado del tiempo se vuelve irrevocable y pertenece a la historia, en la cual tiene no un significado libre, sino predestinado.
Hay dos facetas en la