de comprobar su teoría mediante un gran experimento y demostrar su validez ante todo el mundo.
Las discusiones se prolongaron durante mucho tiempo, y cuanto más duraban, más acaloradas se volvían las disputas, que culminaban en gritos y alusiones personales, y menos posible era llegar a una conclusión general a partir de todo lo dicho. El príncipe Andréi, al escuchar esta charla políglota y estas conjeturas, planes, refutaciones y gritos, no sintió más que asombro ante lo que decían. Un pensamiento que mucho antes y a menudo se le había ocurrido durante sus actividades militares —la idea de que no existe ni puede existir ninguna ciencia de la guerra, y que por tanto no puede haber tal cosa como un genio militar— se le antojo ahora una verdad evidente. «¿Qué teoría y qué ciencia son posibles en un asunto cuyas condiciones y circunstancias se desconocen y no pueden definirse, especialmente cuando no se puede determinar la fuerza de las tropas en acción? Nadie fue ni es capaz de prever en qué estado se encontrarán nuestras fuerzas o las del enemigo en el plazo de un día, y nadie puede calcular la fuerza de este o aquel destacamento. A veces —cuando al frente no hay un cobarde que grite: “¡Estamos cercados!” y empiece a correr, sino un muchacho valiente y alegre que grita: “¡Hurra!”—, un destacamento de cinco mil hombres vale por treinta mil, como en Schön Grabern, mientras que otras veces cincuenta mil huyen de ocho mil, como en Austerlitz. ¿Qué ciencia puede haber en un asunto en el que, como en todas las cuestiones prácticas, nada puede definirse y todo depende de innumerables condiciones, cuya importancia se determina en un momento dado que llega nadie sabe cuándo? Armfeldt dice que