Mientras escuchaba el informe del oficial, Konovnítsyn rompió el sello y leyó el parte. Apenas hubo terminado, bajó las piernas enfundadas en medias de lana hasta el suelo de tierra y comenzó a calzarse las botas. Luego se quitó el gorro de dormir, se peinó el cabello sobre las sienes y se puso la gorra.
—¿Llegaste con rapidez? Vamos ante su Alteza.
Konovnítsyn había comprendido al instante que la noticia traída era de gran importancia y que no debía perderse tiempo. No se detuvo a pensar ni se preguntó si la noticia era buena o mala. Eso no le interesaba. Contemplaba todo el asunto de la guerra no con su inteligencia ni con su razón, sino con algo distinto. Había en su interior una profunda e inexpresada convicción de que todo iría bien, pero de que no había que fiarse de esto y menos aún hablar