y también había varios oficiales franceses de la Guardia y un paje de Napoleón, un muchacho joven de una antigua familia aristocrática francesa. Ese mismo día, Rostóv, aprovechando la oscuridad para no ser reconocido con ropa de civil, llegó a Tilsit y se dirigió al alojamiento ocupado por Borís y Zhilínski.
Rostóv, al igual que todo el ejército de donde venía, estaba muy lejos de haber experimentado el cambio de sentimientos hacia Napoleón y los franceses —que de enemigos se habían vuelto amigos de repente— que se había producido en el cuartel general y en Borís. En el ejército, a Bonaparte y a los franceses se los seguía mirando con una mezcla de enojo, desprecio y temor. * Apenas poco antes, al hablar con un oficial cosaco de Plátov, Rostóv había sostenido que, si hacían prisionero a Napoleón, no se le trataría como a un soberano, sino como a un criminal. * Muy recientemete, al toparse por el camino con un coronel francés herido, Rostóv había afirmado con vehemencia que la paz era imposible entre un soberano legítimo y el criminal de Bonaparte. A Rostóv le desagradó profundamente, por lo tanto, la presencia de oficiales franceses en el alojamiento de Borís, vestidos con uniformes que él estaba acostumbrado a ver desde un punto de vista completamente distinto, desde los puestos avanzados de los flancos. Tan pronto como vio a un oficial francés que asomaba la cabeza por la puerta, aquel sentimiento belicoso de hostilidad que siempre experimentaba al ver al enemigo se apoderó de él de repente. Se detuvo en el umbral y preguntó en ruso si allí vivía Drubetskóy. Borís, al oír una voz extraña en la antesala,