viene!” gritó el señalero en ese momento.
El comandante del regimiento, enrojeciendo, corrió hacia su caballo, agarró el estribo con manos temblorosas, arrojó su cuerpo sobre la silla, se enderezó, desenvainó el sable y, con rostro feliz y resuelto, abriendo torcido la boca, se dispuso a gritar.
El regimiento se aleteó como un pájaro que se alisa el plumaje y quedó inmóvil.
—¡Atención! —gritó el comandante del regimiento con una voz estremecedora que expresaba alegría para sí mismo, severidad para el regimiento y bienvenida para el jefe que se acercaba.
Por el ancho camino rural, bordeado a ambos lados por árboles, venía un carruaje vienés alto y azul claro, que crujía levemente sobre sus ballestas y era tirado por seis caballos a un trote vivo. Detrás del carruaje galopaban el séquito y un convoy