Emperador.
—¡Que Dios esté con vos, general! —dijo el Emperador.
—Ma foi, sire, nous ferons ce qui sera dans notre possibilité, sire, —respondió él alegremente, provocando no obstante sonrisas irónicas entre los caballeros de la corte del zar por su pobre francés.
Milorádovich giró su caballo bruscamente y se colocó un poco detrás del Emperador. Los hombres del regimiento de Ápsheron, excitados por la presencia del Zar, pasaron al paso ante los Emperadores y sus séquitos a un ritmo audaz y enérgico.
—¡Muchachos! —gritó Milorádovich con voz alta, segura de sí misma y alegre, tan visiblemente enardecido por el ruido de los disparos, por la perspectiva del combate y por la vista de los galantes apsherones, sus compañeros de los tiempos de Suvórov, que desfilaban ahora con tanta gallantería ante los Emperadores, que olvidó la presencia de los soberanos—. ¡Muchachos,