hecho de que Pierre fuera muy rico, tuviera dos palacios en Moscú, y que lo hubiera abandonado todo y no hubiera salido de la ciudad, sino que se hubiera quedado allí ocultando su nombre y su posición.
Era ya tarde por la noche cuando salieron juntos a la calle. La noche era cálida y clara. A la izquierda de la casa, en la Pokróvka, brillaba un incendio: el primero de aquellos que empezaban en Moscú. A la derecha y muy alta en el cielo estaba la hoz de la luna menguante y, enfrente de ella, pendía aquella brillante cometa que en el corazón de Pierre estaba vinculada a su amor. En la puerta estaban Gerásim, el cocinero, y dos franceses. Se oían sus risas y sus comentarios mutuamente incomprensibles en dos idiomas. Miraban el resplandor que se veía en la ciudad.