y místico del deseo, sino que sentía compasión por su debilidad femenina e infantil, temor ante su devoción y su confianza, y una sensación abrumadora pero gozosa del deber que ahora lo ligaba a ella para siempre. El sentimiento actual, aunque no tan luminoso y poético como el anterior, era más fuerte y más serio.
—¿Te dijo tu madre que no puede ser durante un año? —preguntó el príncipe Andréi, sin dejar de mirarla a los ojos.
«¿Es posible que yo —la “niñata”, como todos me llamaban—», pensaba Natasha, «¿es posible que ahora sea la esposa y la igual de este hombre extraño, querido e inteligente, a quien incluso mi padre respeta? ¿Será verdad? ¿Será verdad que ya no se puede jugar con la vida, que ahora soy adulta, que sobre mí recae ahora la responsabilidad de cada palabra y de