—dijo, acercándose a ella a pasos rápidos—, decide mi suerte. Está en tus manos.
—¡Vasíli Dmítrich, cuánto lo siento por usted! … No, pero es usted tan simpático … pero así no puede ser … eso no … pero como amigo, siempre lo querré.
Denísov se inclinó sobre su mano y ella oyó extraños sonidos que no comprendía. Besó su cabeza áspera, rizada y negra. En ese instante, oyeron el rápido crujido del vestido de la condesa. Se acercó a ellos.
—Vasili Dmítrich, le agradezco el honor —dijo con voz turbada, aunque a Denísov le pareció severa—, pero mi hija es muy joven y yo pensaba que, como amigo de mi hijo, se habría dirigido primero a mí. En ese caso no se habría visto en la necesidad de recibir esta negativa.
—Condesa... —dijo Denísov, con