en la que se bebió champaña a la salud del nuevo caballero de San Jorge, Shinshín les contó las noticias de la ciudad: la enfermedad de la vieja princesa de Georgia, la desaparición de Métivier de Moscú, y cómo habían llevado ante Rostopchín a cierto tipo alemán acusado de ser un «espía» francés (según contaba el conde Rostopchín), y cómo Rostopchín lo había dejado ir y le había asegurado al pueblo que «no era ningún espía en absoluto, sino tan solo una vieja ruina alemana».
—Están arrestando a la gente… —dijo el conde—. Le he dicho a la condesa que no debería hablar tanto en francés. No es momento para eso ahora.
—¿Y te has enterado? —preguntó Shinshín—. El príncipe Golítsyn ha contratado a un maestro para que le enseñe ruso. Está volviéndose peligroso hablar francés en las calles.
—¿Y usted, conde Piotr Kirílych? Si convocan