médico venía todos los días, le tomaba el pulso, le miraba la lengua y, sin hacer caso de su rostro abatido por el dolor, bromeaba con ella. Pero cuando entraba en otra estancia, a la que la condesa le seguía apresuradamente, adoptaba un aire grave y, meneando pensativo la cabeza, decía que, aunque había peligro, tenía esperanzas en el efecto de esta última medicina y había que esperar a ver, que la dolencia era principalmente moral, pero… Y la condesa, intentando ocultar el gesto a sí misma y a él, le deslizaba una moneda de oro en la mano y volvía siempre junto a la enferma con el ánimo más tranquilo.
Los síntomas de la enfermedad de Natásha eran que comía poco, dormía poco, tosía y siempre estaba desanimada. Los médicos decían que no podía prescindir del tratamiento médico, por lo que la retuvieron en la atmósfera sofocante de la ciudad, y los Rostov no se fueron al campo aquel verano de 1812.
A pesar de las muchas píldoras que tragaba y de las gotas y polvos de los frasquitos y cajitas de los que la señora Schoss, aficionada a esas cosas, hacía una gran colección, y a pesar de verse privada de la vida campestre a la que estaba acostumbrada, la juventud prevaleció.
El dolor de Natásha comenzó a ser cubierto por las impresiones de la vida cotidiana, dejó de oprimirle el corazón de forma tan dolorosa, se desvaneció gradualmente en el pasado y ella empezó a recuperarse físicamente.
XVII
Natásha estaba más tranquila, pero no más feliz. No solo evitaba todas las formas externas de placer —bailes, paseos, conciertos y teatros—, sino que jamás reía sin que hubiera un eco de lágrimas en su risa. No podía cantar. En