ruso que mira a Moscú la siente como a una madre; todo extranjero que la ve, aun ignorando su significado como ciudad madre, debe sentir su carácter femenino, y Napoleón lo sintió.
“Esa ciudad asiática de iglesias innumerables, la santa Moscú. ¡He aquí por fin esa famosa ciudad! Ya era hora”, dijo, y desmontando ordenó que le desplegaran un plano de Moscú y mandó llamar al intérprete Lelorgne d’Ideville.
—Un pueblo capturado por el enemigo es como una doncella que ha perdido su honor —pensó (se lo había dicho a Tuchkov en Smolensko).
Desde ese punto de vista contemplaba la belleza oriental que no había antes visto. Le parecía extraño que su anhelado deseo, que le había parecido inalcanzable, se hubiera realizado por fin.
A la clara luz de la mañana contemplaba ahora la ciudad y ahora el plano, considerando sus detalles, y la seguridad de poseerla lo agitaba y sobrecogía.
“Pero ¿podría ser de otro modo?”, pensó. “Aquí está esta capital a mis pies. ¿Dónde está Alejandro ahora, y en qué estará pensando? ¡Una ciudad extraña, hermosa y majestuosa; y un momento extraño y majestuoso! ¡Ante qué luz debo aparecer yo ante ellos!”, pensó, acordándose de sus tropas. “Aquí está, el premio para todos esos hombres pusilánimes”, reflexionó, mirando a los que estaban cerca de él y a las tropas que se acercaban y formaban. “Una sola palabra mía, un solo movimiento de mi mano, y esa antigua capital de los zares perecería. Pero mi clemencia está siempre lista para descender sobre los vencidos. Debo ser magnánimo y verdaderamente grande. Pero no, no puede ser verdad que esté en Moscú”, pensó repentinamente. “Sin embargo, ahí está, tendida a mis pies,